La educación en valores y competencias sociales

Florencia Brandoni es psicóloga y ha trabajado por años en escuelas secundarias en Argentina como mediadora de conflictos. Hace dos años empezó una investigación con jóvenes universitarios y constató que, independientemente del sector social del que provinieran, aprendieron a resolver conflictos en la escuela y en la familia. Con los resultados de la investigación reafirmó su creencia de que hay un trabajo enorme en los colegios en materia de resolución pacífica de conflictos que implica mucho más que un programa o los contenidos de un currículo. La resolución de conflictos, dice la experta, también depende de las estrategias que los adultos usan para lidiar con sus diferencias y también con la forma en que irradian ese conocimiento hacia los niños y jóvenes.
Florencia Brandoni, psicóloga y experta en resolución de conflictos en instituciones educativas, habla de cambiar la cultura escolar confrontativa por un aprendizaje colaborativo. Añade que el diálogo y la enseñanza se deben usar como fuerza contraria a la lógica de la violencia.

La transmisión de valores de los docentes

Sabemos que los docentes, directivos y personal administrativo son responsables de la educación en valores y que hay dos formas para lograrla: las acciones planificadas ( usando contenidos curriculares) y la manera en que cada actor ejerce el rol dentro de la institución.

La formación en cuestiones éticas se activa en cada una de las actitudes del docente frente al grupo y en la dinámica institucional.

El currículo oculto tiene  tanta fuerza formadora como el currículo explícito y no podemos prescindir de él ni obviarlo. Dado que los valores se transmiten por irradiación, el docente transmite valores implícitamente con sus actitudes, brindando un fuerte mensaje.  Con esto se va generando, a veces de modo inadvertido, un particular clima grupal que es determinante en la convivencia en el aula y condiciona el proceso de enseñanza -aprendizaje.

Todo contenido actitudinal encuentra en los ejemplos un acicate decisivo: los alumnos tienen que ver que la escuela “vive” los valores que pregona en el discurso. De lo contrario, constatarán la contradicción (“ haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”), que desautoriza todo mensaje valorativo. Cuando la proclama de valores quedan como letra muerta, ellos se tornan un valor de vidriera y nos condenan a un “ doble discurso”. Este es visualizado y rechazado, especialmente por los estudiantes jóvenes. Asimismo, las transgresiones de los adultos a las normas escolares tienen un efecto corrosivo sobre las figuras de autoridad, y minan la disposición de los alumnos al cumplimiento de las mismas.

La normatividad escolar está constituida por un conjunto de normas o pautas de carácter obligatorio, que operan como marco de referencia y orientan el comportamiento de todos los actores en la escuela.

Onetto (2008) diferencia los campos valorativo y normativo, cómo áreas distintas con características propias. La norma está supeditada a una autoridad legítima que las produce y las aplica. Dentro de la institución escolar las normas y sanciones están consensuadas. Pero cuando hablamos de valores, no se trata de una legitimidad de la autoridad sino del campo de la autonomía individual. Las personas adhieren a los valores si encuentran motivos para hacerlo, es decir que la adhesión tiene un carácter subjetivo.

En este sentido , las escuelas secundarias construyen acuerdos institucionales de convivencia (AIC) instando a la participación real en su elaboración y revisión.  La normativa vigente es muy clara en el sentido de promover acuerdos institucionales de convivencia vivos, en los que su legitimidad se enlace con la adhesión a los valores que las normas denotan y rechaza la idea de documento elaborado por pocos y gradado en el cajón.

Es pertinente preguntarnos si los AIC vigentes en nuestras instituciones son una simple lista de lo que no se puede hacer en la escuela y de las sanciones que conlleva su transgresión o son herramientas de utilidad para las situaciones que en ella ocurren. ¿Favorecen el diálogo y el respeto por la diversidad? ¿Fomentan encuentros y debates? Estas preguntas ayudan a mantener la práctica cotidiana viva.

La investigación de Paulín y colaboradores reveló que las prácticas de gestión directiva ofrecen respuestas centradas en la sanción, que resulta insuficientes para abordar algunos conflictos en la convivencia y dan poca oferta a los alumnos de espacios democratizadores para resolver sus conflictos.

Asimismo, no podemos evitar reflexionar sobre lo difícil de educar en valores en medio de una época de cambios de valores, que no deja a la escuela exenta de cuestionamientos. Por lo que es necesario crear una contracultura en función de los valores que se sostienen y se propugnan. Hay otra dimensión de la formación ética, la relación entre el grupo de pares. No sólo el vínculo entre alumno y profesor es relevante en la transmisión de información y cultura. Los compañeros tienen una identidad como grupo, sean más o menos conscientes de ello. Y la mirada de afuera los cohesionan. Los profesores se dirigen a ellos en forma colectiva, dan lecciones generales para todos, proponen tareas, evalúan y se refieren al grupo como unidad. Las experiencias vividas en el grupo de compañeros enseñan, de forma relativamente inconsciente, actitudes, creencias y valores que hacen al proceso de socialización.

Competencias sociales

Las instituciones educativas cargan con la expectativa social de preparar a los alumnos para insertarse socialmente en el mundo en cambio, en el que el impacto tecnológico de los últimos veinte años ha sido brutal y transformador en los campos del conocimiento, del trabajo y de las relaciones humanas.

Entre los conocimientos socialmente significativos que la escuela debe transmitir, están las acciones no académicas ligadas al proceso de socialización, comunicación, diálogo, respeto, participación, tolerancia y compromiso. Hoy parece ser indispensable para la posibilidad de desarrollo personal,  el desarrollo de las competencias sociales para las relaciones interpersonales. Estas son:

  • La habilidad para insertarse en distintos grupos humanos.
  • Gestionar los conflictos en el interior de una organización
  • Tener la posibilidad de escuchar, y comprender los distintos puntos de vista, integrarlos, discriminarlos.
  • Reconocer las necesidades  propias y de los otros
  • Poder jerarquizar temas y problemas en la convivencia cotidiana con los semejantes.

 Además del conocimiento, la escuela tiene que poder enseñar habilidades sociales y promover su ejercicio.

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